El cambio de etapa de muchas personas, especialmente el de las mujeres que llegan a la jubilación, es un momento donde invita a revisar lo que tenemos, lo que usamos y lo que guardamos “por si acaso”. Y, en muchos hogares, ese “por si acaso” se convierte en una carga.
Lo veo constantemente en mi trabajo: madres que desean ordenar y simplificar su casa, pero que se enfrentan a montones de cajas y objetos que no son suyos. Son recuerdos, juguetes, apuntes o ropa que sus hijos dejaron atrás cuando se independizaron… y que, con el paso de los años, siguen ocupando espacio físico y emocional en el hogar familiar.
El peso invisible de los recuerdos
Para esas madres, abrir un armario no es solo una acción práctica: es enfrentarse a años de historia. Guardaron con amor los objetos de sus hijos —dibujos, cartas, fotos, exámenes, libros—, esperando que algún día ellos los quisieran recuperar. Pero ese día rara vez llega.
Y entonces aparece el dilema:
- Si lo tiran, sienten que traicionan a sus hijos.
- Si lo guardan, sienten que pierden espacio, energía y ligereza.
Una conversación pendiente
Este es un tema del que se habla poco, pero que genera mucho malestar en silencio. Por eso, quiero invitarte a mirarlo desde otro lugar.
Como hijos adultos, tenemos la responsabilidad de hacernos cargo de nuestro pasado material. Revisar esas cajas, decidir qué conservar y qué dejar ir, y sobre todo, liberar a nuestros padres de esa carga que ya no les corresponde.
No se trata de borrar recuerdos, sino de elegir conscientemente qué queremos mantener en nuestra vida actual.
Cómo puedes hacerlo
- Habla con tus padres. Pregúntales si conservan cosas tuyas y explícales que quieres ayudarlos a ordenar.
- Revisa con calma. Mira tus objetos con cariño y decide qué sigue teniendo sentido para ti.
- Llévate lo que quieras conservar. Es tu historia; debería acompañarte a ti, no quedarse en su casa.
- Da permiso para soltar. Si ya no lo necesitas, dile a tus padres que pueden deshacerse de ello sin sentirse culpables.
El regalo que les haces
Cuando permites que tus padres liberen su casa, les estás regalando bienestar, espacio y paz mental. Estás reconociendo su amor, pero también respetando su derecho a vivir con ligereza.
Y, de paso, tú también te liberas. Te haces responsable de tus cosas, de tu historia y de tu presente.
Ordenar no siempre es fácil, pero es un acto de amor hacia uno mismo y hacia los demás. Si tus padres conservan tus cosas, no esperes a que te las pidan: dales la oportunidad de soltar sin culpa.
A veces, el mayor gesto de amor es dejar espacio para lo nuevo.
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Y si este enfoque del orden, más amable, más real y sin presión, resuena contigo, te espero también fuera de aquí.
Puedes encontrarme en @esthertorras y en @metodoordenologa, donde comparto consejos, reflexiones y herramientas para vivir el orden desde otro lugar: sin exigencias irreales, sin juicios y con mucho más cuidado hacia ti y tu momento.
Porque el orden no debería pesarte.
Debería ayudarte a vivir mejor.


